martes, 31 de marzo de 2020

Capítulo 04-Musas etéreas, musas carnales-Miguel Dorelo


Mientras, siguiendo los consejos de Gregoria, voy tirando data sobre el proyecto del blog, voy a ver si puedo averiguar más sobre el “método inspiratorio”.


—Buen día. — Se presentó Gregoria bastante más amablemente de lo habitual en ella.
—Buenas tardes, dirás- Eran como las 17.00 hs y me encontraba durmiendo mi habitual y pequeña siesta diaria arrancada apenas pasadito el mediodía.
—Es lo mismo. Acá es de mañana. No jodas. — Me respondió ya en otro tono.
Quise aprovechar la oportunidad para averiguar algunas cosas sobre la vida de Gregoria que ignoro por completo y rápidamente le espeté — ¿Acá?, digo ¿Ahí? ¿Dónde queda ese “acá”? …O ese “ahí”, todavía estoy medio dormido.
—Mi casa.
— ¿Cómo tu casa? ¿Vivís en una casa?
—Claro. No en una casa como tu casa, pero yo le digo “mi casa”. No la llamo “mi hogar” porque eso dejó de usarse luego de  los cuentos de Dickens.
—Yo lo leí en relatos de amigos míos escritores…Sobre todo escritoras.
—Vos te juntás con cada una…Igual, no vine a hablar sobre mi morada.
—Ya que estás acá…O ahí, ayudáme a entender algunas cosas de esto de la inspiración y las musas.
— ¿Por ejemplo?
— No me cierra eso de que vos sos mi musa, la única. Siempre creí tener, al menos, un par de musas de verdad.
— ¿Cómo de verdad? ¿Sos o te hacés? ¡Yo soy de verdad, mal parido!
—Perdón, perdón…Me expresé mal. Me refiero a que he escrito relatos y hasta poemas, inspirados en señoras de carne y hueso, humanas como yo, estando enamorado de ellas.
—Enamorado de ellas…De “ellas”, en plural. Promiscuo el señorito…
—No, no; no dije que estuve enamorado al mismo tiempo de todas ellas. Además ese es un término más bien sexual con connotaciones de infidelidad y yo cuando me enamoro soy el tipo más fiel del mundo. No me contestás sobre cómo es que tuve esas musas.
—No eran musas. Eran mujeres de las que creías estar enamorado.
— ¡Estaba enamorado! ¡No, “creía estar enamorado”!
— No es tan así en el ser humano, sobre todo en el ser humano varón. Ustedes, los muchachitos, son de andar confundidos en estos asuntos.
— Nada de confundido. Estuve enamorado. Estoy seguro.
— ¿Y de quién o quienes?
— ¡No voy a dar nombres! Si publico esto puedo comprometer a varias…
— A varias…Bue, enamoradizo el hombre. Como dije, no estuviste realmente enamorado. Estar enamorado es cuestión de calidad más que de cantidad. Por lo general se está enamorado o enamorada de una sola persona por cada período de existencia estándar del ser humano promedio. Existen, eso sí, lo que llamo “réplicas” y es lo que vos denominás como “estar enamorado”. Lo lamento, pero solo estuviste enamorado de una. Sospecho de cuál, pero tampoco daré nombres. Me atrevo a decir que aún la amás.
—Estuve multi enamorado. Y no fueron tantas. Un par… Como mucho tres. Y en estos momentos no amo a nadie. En el sentido de pareja, claro. Y no nos vayamos del tema: siempre estuve convencido de que ellas fueron mis musas, hasta  escribí poemas pensando en ellas. Sobre todo cuando esas relaciones amorosas concluyeron.
—Cuando te largaron…
— ¡No! Fueron distanciamientos de común acuerdo. Ya no nos amábamos.
— Ja.
—No le veo la gracia…
—Yo sí. Igual, enamorado o no, ellas no fueron tus musas, siempre fui yo.
—Nunca puse “Gregoria” en ningún verso ni cuento, pero si otros nombres…
 Explicáme eso, sabionda. Y no me digas que se escribe “sabihonda”. Ambas formas son correctas.
—Fácil: ellas detonaron, por así llamarlo, ese sentimiento que el varón confunde con el amor fácilmente, y yo moldeé en parte las palabras que armaron esos poemas. De paso, te doy más data de cómo funciona la cosa. Toda creación literaria consta de varios componentes y factores coadyuvantes, una parte la ponés vos, otra el contexto que te rodea, en este caso “ellas”, y del resto me encargo yo. No suele funcionar si alguna de las partes está ausente. Desde ya, no funciona de ninguna manera sin mí.
—Un poquito egocéntrica mi musa…
— El muerto se asusta de la degollada…Vos no lo sos, claro. Habló el rey de la modestia.
—No existe el escritor o la escritora sin un  gran ego.
— ¡Totalmente de acuerdo! Al fin coincidimos en algo.
—Ya que estamos, desasnáme: cómo es eso de que existen un Borges, un Cortazar, un Dorelo, una Le guin, una Ocampo, una Lispector y otros y otras con un grado de talento bastante más bajo ¿Depende de cada uno/a o de la musa propia?
—La respuesta es compleja y tengo sueño. En el próximo capítulo te explico.
— ¿Las musas duermen? La puta madre, ¿No me estas cargando, no?
— Zzz..

Cuando Gregoria despierte esta saga continuará…Espero.

sábado, 21 de marzo de 2020

Capítulo 03- Gregoria Benavidez: el regreso-Miguel Dorelo


Les tiro más data sobre las musas: son rencorosas. Bueno, no sé si tanto como eso, pero si son duras a la hora de perdonar si las ofendemos. “Como casi toda mujer”, dirán varios de ustedes. No sé, háganse cargo de tal aseveración, que en estos tiempos que corren hay que fijarse bien en lo que se escribe: no tuve una buena repercusión femenina cuando se me ocurrió escribir una serie de cuentos humorísticos bajo el lema “cuentos misóginos”. “No me causa ninguna gracia” fue la crítica habitual. Mujeres.
Pero vayamos al punto: Gregoria reapareció, pero se tomó bastante más tiempo del que supuse para hacerlo.


— ¿Estoy perdonado? —ataqué de entrada cuando escuché un suspiro que rápidamente identifiqué como de Gregoria.
— No tan así. Esto es una oportunidad de que consigas ese perdón. Depende. —me respondió con tono algo belicoso.
— ¿Depende de qué?
—De cómo transcurra este diálogo.
—Guiáme. Confío en que me marques el camino.
— ¡Pelotudo! ¡Me voy a la mierda! Chau.
— ¡Uy! Perdón. Ahora me doy cuenta que no fue lo más adecuado para decir. Te juro que no fue adrede. * Señor/a lector/a: ver capítulo 02, sección Garmin*
—Me agarrás en una etapa de mi vida de suma sensibilidad…Te voy a creer esta vez. Pero ponéte las pilas.
—Te lo prometo. Para que veas cómo te considero, te comento que estuve hablando de vos con algunos de mis amigos escritores.
— ¿Y te creyeron?
— Creo que no. Les conté que estoy escribiendo sobre esto con la intención de darlo a conocer, probablemente a través de un blog. Hasta les mostré los dos primeros capítulos que ya escribí, supongo que en parte con tu ayuda, pero creo que creen que es pura ficción.
— ¿Suponés? ¡Los escribiste con mi ayuda! ¿Qué no entendiste de lo que estuvimos hablando?
—Sí, sí. No te enojes. Los escribimos ¿Está bien así?
—Un poco mejor. ¿Cómo sería lo del blog? Eso no te lo inspiré yo.
— ¿Seguro? ¿Ni un poquito de ego “musístico” con el afán de hacerte famosa?
—No. Si tuviese esa intención digamos que trataría de hacerme musa de un escritor un poco más conocido ¿No te parece? Lo niego. Es cosa tuya.
—Vos sí que sabés ser amable…En fin. La idea es abrir un blog en el que publicar estos diálogos, estas historias e ir invitando a otras personas a que escriban sobre el tema. Que se yo, por ahí teng…ehhh, tenemos éxito y quién te dice que no termine todo en la publicación de un libro colectivo.
—Seeé.
— ¡Uy! Cuanto entusiasmo. ¿No te gusta la idea?
—No te van a dar mucha bola…Pero, si te parece plausible, hacélo. En lo que pueda ayudar…
— ¿Algún consejito?
— Para empezar, tratá de tener escritos algunos capítulos más de reserva para darle una continuidad aunque sea semanal al blog, corregí algunas cosas de las ya escritas ( solés creer que la “espontaneidad” es más importante de lo que realmente es) y andá promocionando el proyecto. Si se acopla algún escritor o escritora un poquitín más popular que vos, puede andar. Puedo ayudarte, pero milagros no hago.
–Bueno… ¿Gracias?
— ¡Sí! ¡Gracias! Deberías estar más agradecido conmigo.
—Lo estoy, lo estoy…Bueno. Más tarde nos volvemos a comunicar para preparar otro capítulo. Te llamo… O te convoco…O vos te presentás…Que se yo. Aún no entiendo bien como funciona esto. Tenemos que hacer un capítulo sobre el método en el quede algo más claro las formas.
–Dale. Espero que lo entiendas…
Mujeres.

sábado, 14 de marzo de 2020

Capítulo 02: sobre la inspiración inducida por Gregoria Benavidez- Miguel Dorelo




En el capítulo introductorio  presenté a Gregoria Benavidez, mi musa inspiradora personal y debido a la gran repercusión (tres lectores comprobados y dos probables) que tuvo mi relato y no pudiendo negarme a los pedidos imperiosos (uno) para que siga contando la historia de la insoportable, va este nuevo relato.

Luego de la aceptación de mi parte de la probable, solo probable  existencia real de mi musa, incluido su ridículo nombre y apellido, paso a la etapa de describirles lo que, según ella, forma parte de  su trabajo.


Como es habitual, Gregoria se me “presentó” en circunstancias que mi buena educación no permite describirles en detalle. Esta vez decidí hacerle preguntas un poco más directas sobre su rol.
—Veamos: me gustaría saber cómo es eso de que tu trabajo consiste en ayudarme a escribir. —le espeté de entrada.
­— Al menos un “buenos días”; siempre tan caballero vos. No te “ayudo a escribir”, te inspiro, que no es lo mismo. Las musas inspiramos; para eso estamos; del resto debéis encargaros vosotros.
— ¡Sos gallega! Quiero decir, española. O sea que las musas tienen nacionalidad. Otro dato para tener en cuenta.
— ¿De donde sacás eso? Yo no soy ni española ni gallega.
— ¡No lo niegues! Me acabás de decir “debéis encargaros vosotros”. Así hablan las gallegas…digo, las españolas. Los argentinos solemos decirles “gallegos” a todos los nacidos en España.
—Fue un lapsus. No tenemos “nacionalidad” en el sentido estricto de la palabra. Solemos expresarnos con un vocabulario acorde al de nuestro entenado. Si no lo entendés es porque eres un verdadero gillipollas.
— ¡Me estás cargando! ¡Lo hiciste otra vez! Estuve investigando y “Benavides” (originalmente era con “ese”) proviene de Andalucía. Y que yo sepa eso es España. Además, las musas más famosas son griegas, como todos sabemos; digamos que vos serías una musa más de “pueblo”. Pero dejémoslo así y respondéme lo que te pregunté  ¿Cómo me “ayudás” a escribir según vos, eh?
—Inspirándote; ya te lo dije. Inspiración: “acción de introducir aire u otra sustancia gaseosa en los pulmones”.
— ¿Qué…?
—Perdón, me distraje. Era la segunda acepción. Inspiración: “estímulo o lucidez repentina que siente una persona y que favorece la creatividad, la búsqueda de soluciones a un problema, la concepción de ideas que permiten emprender un proyecto, etc., especialmente la que siente el artista y que impulsa la creación de obras de arte”.
—Sí, sí; me refiero a cómo funciona en la práctica.
—Obviamente, me meto en tu mente. Por lo general cuando yo lo decido, pero es condición esencial una propensión del sujeto a dejarse inspirar. Algunos se resisten más que otros. De ahí surge muchas veces el abandono de muchos seres humanos a esto de andar contando historias o desnudar sentimientos a través de palabras. Simplemente, desistimos en el proceso inspirativo, renunciamos al empleo (un trámite bastante más burocrático del que se supone. Otro día te cuento) y aguardamos a que se nos asigne un nuevo humano.
— ¿Quién “asigna”? ¿Dios?
— ¿Eh? ¿No era que sos ateo?
—Soy ateo; nada de “era”…Es que con esto de tu aparente existencia más allá de mi propia psiquis ya no sé qué pensar. No respondiste a mi pregunta.
—No soy ninguna “aparente”…Pero con respecto a tu pregunta, pues no, no es Dios quién nos asigna. Sobre su existencia o no, no estoy autorizada a hablar de eso.
— Dale. Pero ahora, casi te lo ruego, dejáte de dar vueltas como hacés habitualmente y decime como es que funciona lo de la “inspiración”. Pero, concretamente.
–En esencia, es como una guía. A propósito, no abuses de las palabras terminadas en “mente” que a muchos les cae mal leerlas. No sé por qué, pero es así. Sigo. Por lo general, la idea primigenia surge de alguna vivencia propia del ser humano, en este caso serías vos, je. Luego de ese primer paso indispensable, empieza mi tarea.
—Y que consiste en…
— Si me vas a interrumpir a cada rato…Consiste en indicarte el camino, en marcarte por donde es más conveniente transitar para llegar de manera satisfactoria al destino final. Una vez que  arribás a ese lugar, mi trabajo está concluido. Y así hasta el próximo viaje.
— Ahora voy entendiendo. ¿Te puedo hacer otra pregunta?
— Y…Dale.
— Por casualidad, en tus horas libres, cuando no estás inspirándome ¿Laburás para Garmin?
— ¿Garmin? No sé qué es eso. Esperá que busco en mi archivo de datos… ¡La  puta que te parió! Te referís al sistema de GPS que usan los humanos para movilizarse en sus automóviles. ¡No soy esa gallega, pelotudo! ¡Andáte a la mierda!

Bueno. En este capítulo hemos descubierto un par de cosas; nos hicimos una idea de cómo laburan las musas y que, como suele pasar con mis amigos, mis bromas no suelen ser bien recibidas. Hace siete días que Gregoria no me “habla”. Yo creo que me va a extrañar tanto como yo la extraño y va a volver a comunicarse. Apenas reaparezca, les cuento.


miércoles, 11 de marzo de 2020

Mi musa insoportable- Capítulo 01-Miguel Dorelo


Permítanme contarles una historia; una que me involucra y en la que, lamentablemente  (o no, ya se verá), incorpora a una, no sé bien como llamarla aún, pero por ahora la denominaré con el popular término que en estos ámbitos de andar inventando cosas y volcarlas en palabras solemos llamar “musa”. Mi musa.
Solía pasarme algo que siempre achaqué a “una mente en permanente divague” o, en uno de esos momentos de ego exacerbado que los escritores alguna vez sin excepción, tenemos, mi “incomparable talento para las letras”. En las ocasiones y lugares menos adecuados, mi cerebro se desconectaba de lo materialmente puntual que estaba viviendo y elucubraba historias de todo tipo. No venía mal, ya que el famoso síndrome de “la hoja en blanco” que suele aquejar a todo escritor ante la falta de inspiración, en mi caso era algo muy poco habitual. Hasta ahí lo positivo de la situación, pero… Dejó de serlo cuando en pleno escarceo amoroso con esa señora a la que tanto me costó llevar a intimar (incluidos dos poemas escritos especialmente para ella), toda una trama de relato social con chicos abandonados, viviendo en las calles y con hambre irrumpieron sin pedir permiso en mi mente y no hubo forma ni práctica amoroso/libidinosa, que pudiese luchar contra ello. Escribí un buen cuento, pero la señora me echó de su habitación y no quiso volver a verme.
En otra ocasión fue la “invasión neuronal” de una trama absolutamente delirante, en medio de mi concurrencia al velatorio de un familiar fallecido en circunstancias muy dolorosas. Tuve que hacer un esfuerzo tremendo para no reír a carcajadas delante de la madre de la jovencísima víctima.
Luego de varios casos similares que me estaban causando demasiados malos momentos, decidí consultarlo con un profesional.
No muy satisfecho con esa primera sesión y estando recostado en mi sofá favorito degustando uno de mis tés saborizados (frutos rojos del bosque con una pizca de canela), escuché, claramente, un —Perdés el tiempo. No sé para que fuiste si vos no creés en el psicoanálisis.
— ¿Ehh…? ¿Quién dijo eso? —Exclamé sobresaltado, ya que me encontraba completamente solo.
—Yo, salame.
— No le permito…Sea quien sea. Identifíquese.
— ¿Estás escribiendo un policial? ¿Desde cuándo ese vocabulario? Yo no te inspiré nada de eso…
— ¿Inspiré?
—Inspiré. Es lo que hacemos las musas. Es mi laburo.
—No entiendo nada.
— Que raro en vos, je. Digo que es mi trabajo… Lo de tu inspiración. En definitiva, que soy tu musa.
— ¿Mi musa?
— Claro ¿Qué acabo de decir? Hoy no estás lo que se dice muy lúcido.
— ¡Las musas no existen! Son una especie de metáfora o algo así.
—Mirá vos. Eso es tan valedero como si te dijese “los escritores no existen, son una pretendida condición del ego de algunos seres humanos”. Mirá si no voy a saber si existo o no. Vos existís y yo existo. ¿De donde pensás que salieron las ideas para todos esos relatos y poemas que escribiste hasta hoy?
— ¡De  mi cabeza! ¡De mi inspiración!
—Ja. Lamento informarte que soy en gran parte la co-autora. Vos pusiste una parte, pero sin mí no habrías podido volcar en palabras ni tres renglones.
—Ponéle que acepto eso, que sos una musa, mi musa. En ese caso, tu función sería inspirarme, no establecer un diálogo directo conmigo.
—Hasta hace unos segundos nos negabas y ahora resulta que sos un experto en nosotras…Un ego acorde a la profesión. Nosotras gozamos de un libre albedrío como cualquier otro ser, así que si se me ocurre dialogar con vos, dialogo.
—Nunca leí o escuché algo así.
—Lo que no prueba absolutamente nada; lo que está dicho o escrito es mínimo en comparación de lo que debería ser escrito o dicho. Muchas de nosotras actuamos en el anonimato total, otras nos presentamos ante nuestros protegidos y muchos de ellos o ellas no lo comentan por miedo a que los tilden de desequilibrados mentales. Pero, me hacés irme por las ramas. Lo que quiero saber es para qué fuiste a ver a un psicólogo si siempre renegaste de ellos.
—Porque creí que estaba enloqueciendo. Todas esas ideas fuera de tiempo y  lugar rondando por mi cabeza…Esperá, ahora que lo pienso ¿Vos tenés algo que ver con eso, la puta que te parió?
— ¡Que boquita! Y que caballero el señor escritor. Así no se trata a una dama.
— ¡Contestáme! ¿Fuiste vos?...Y ya que estamos: ¿Las musas tienen una identidad sexual, de género; masculina y femenina como nosotros?
— Si.
— ¿Si cual? ¡Te hice dos preguntas!
—Si a las dos. Los pensamientos te los inspiraba yo y soy femenina, una dama. Gregoria, para más datos.
— ¿Qué? ¿Gregoria? Veamos: sos una musa, mi musa y te llamás Gregoria. Me estás jodiendo…
— Las musas no jodemos…Bueno, a veces un poquito, pero estoy hablando en serio. Mi nombre es Gregoria.
— Gregoria no es nombre para una musa. Calíope, Erato, Terpsícore…Esos son nombres de musas, no uno tan ridículo.
  Y si… Alguien tan básico como vos tenía que nombrar a las griegas esas culos con rosca. Unas pretenciosas. Ya te voy a contar sobre las andanzas de esas arpías. Me llamo, orgullosamente, Gegoria. Yo no cuestiono tu nombre, no cuestiones el mío.
—Está bien. Gregoria. Creo que puedo aceptarlo.
—Gracias. Benavidez.
—Dorelo.
—Benavidez.
—No. Mi apellido es Dorelo. Con una sola “l”.
— ¡Ya sé, gil! Soy tu musa, conozco como te llamás. En mi frase original sobre el tema hay un punto, no una coma, pánfilo. Benavidez es MI apellido. Be-na-vi-dez. Con B larga al principio, corta por el medio y zeta al final.
— ¡La puta madre! ¡Las musas no tienen apellido!
— ¿Otra vez vas a empezar con las tonterías? ¡Vos no sabés un carajo sobre nosotras! Si te digo que me llamo Gregoria Benavidez es que me llamo Gregoria Benavidez, gilastrún.

Por ser esta una introducción al mundo de mi musa, creo que es suficiente por ahora. Ya les iré contando más sobre las musas en general y en especial sobre Ella: Gregoria Benavidez, mi musa insoportable.