Sobre las musas


Todos aquellos que deambulamos por estos asuntos de andar inventando historias, creando personajes, desarrollando tramas, hilvanando versos o, simplemente, queriendo decir algo a través de las palabras, necesitamos imperiosamente de la ayuda de ellas, las musas. Muchos dirán que no, que en realidad no existen, que la escritura se trata de un simple proceso mental. Otros mencionan, poco literariamente, impulsos eléctricos generados por las neuronas, que “musa” es solo un término porque el ser humano necesita etiquetar todo, y toda una parafernalia negatoria poco propia de almas sensibles con las que   no estoy de acuerdo. Ellas existen, son muchas y cada una con su propia y definida personalidad.
Admito, eso sí, que no es todo color de rosa cuando entramos a involucrarnos con ellas de forma más directa, a interesarnos por sus vidas.
Si, sus vidas. Quizá no lo sepas, aún llevando sobre tus espaldas muchos años de escritura profesional… O no. No importa cuántos relatos, novelas o poemas escritos, si has editado o no tus letras: es probable que nunca te hayas topado con pruebas contundentes sobre la real condición de que lo que llamás “mi musa inspiradora”. Sé que no me será fácil convencerte de que se trata de un ser con características independientes, que interactúa con vos pero que no es tu esclava ni mucho menos y que lo que hace es, nada más ni nada menos, un trabajo, su trabajo. Ya habrá tiempo para ahondar sobre esto, ahora solo quiero compartir mi experiencia, contarte de mi relación con mi musa (por lo general solo tenemos una). Esta es la mía.

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