Luego de un período bastante inusual de falta de comunicación, volví a
mis habituales intercambios con Gregoria. El retorno tuvo sus bemoles, claro.
— ¿Dónde te habías metido, se
puede saber? —Le dije apenas noté que había vuelto y antes de que dijese una
palabra. Grueso error de mi parte.
— ¿Te estás refiriendo a mí,
pedazo de nabo? —Fue su contundente respuesta. Esas son las cosas de ella que
me hacen dudar sobre el nombre de este espacio. A veces pienso que debería
haberle puesto “Gregoria, mi musa mal llevada” en lugar de “mi musa insoportable”.
—Me disculpo. Estuve mal. Pero
es porque te extraño. —Arrugué de forma poco decorosa.
—Dale. Y no me “metí” en
ningún lado; estaba ocupada con mis cosas.
—Las cosas de las musas,
claro. ¿Detalles?
— ¿Te dice algo la palabra
“privacidad”? ¡Son cosas mías, zopenco!
—No te enojes, gallega. O
española, ya te dije que nosotros les decimos gallegos a todos los españoles.
— ¡Y yo ya te dije que no soy
ni gallega ni española, pelotudo! ¿Así les dicen ustedes a los gilipollas, no?
— ¡Otra vez! Me estás
cargando. Gilipollas es una palabra que usan los españoles. Y zopenco también.
—Soy una musa literaria.
Li-te-ra-ria, manejo un vocabulario muy amplio. Me parece que me debería haber
tomado un tiempo más largo de ausencia…
—No te enojes. Hagamos las
paces.
—Está bien. ¿Seguimos con lo
de ejemplificar en forma de relato las formas de inspiración? Hoy no tengo
ganas de que me preguntes cosas sobre nosotras.
—Y bueno…Otra de las formas
que suelo usar…
—Solemos usar…Si me a vas a
dejar afuera de los créditos como solés hacer, me voy.
—Perdón. Una de las formas de
inspiración que solemos usar es la de inspirarse en las letras de canciones que
nos gustan. En este caso, escribí...Escribimos, quise decir, una serie sobre la
canción de tu compatriota, Joan Manuel Serr…
— ¡Me cansaste! ¡Me voy a la
mierda! Compatriota las pelotas.
—Fue un chiste, fue un chiste.
Te juro que no lo vuelvo a hacer.
—Es tu última oportunidad.
—Me voy a portar bien. Escribimos
una serie basada en la letra de “Penélope” de Joan Manuel Serrat.
—Ya sé. Fui parte.
—Es que me estoy dirigiendo a
los lectores, Grego. ¿Te puedo decir “Grego”?
—No. Seguí con lo tuyo.
— En concreto: fueron dos
relatos y a continuación copiaré ambos para ejemplificar variantes. El primero
más melancólico, serio o triste, como quieran denominarlo. Y el segundo un poco
más “humorístico” y algo escéptico sobre el amor. Yo creo que a los lectores
les encantará y los pondré en situación de inclinarse por uno o el otro.
—Dale. Pero no te hagas
ilusiones: los humanos están en estos momentos con serios problemas como para
andar jugando tus jueguitos.
El andén, los hombres y
Penélope- Miguel Dorelo…Y Gregoria Benavidez, perdón.
Ella, como todos los días
desde hace ya varios años, espera sentada en el banco ubicado en mitad del
andén de aquella estación ferroviaria.
Ella, como en todas sus
jornadas de no hace tanto tiempo, menea su abanico hasta que ve aparecer a su
amado caminando hasta donde se encuentra, luminosas de repente su mirada y su
sonrisa. Recoge su bolso de piel marrón y ambos, juntos, el caminante y ella,
emprenden el camino que los llevará a la casa, el cuarto y la cama que
propiciará el tan ansiado re-encuentro.
Ella, sabe lo que ellos quizás
piensan que no sabe… O quizás si; que en realidad desde hace no sabe bien cuanto tiempo a uno de ellos se
le ocurrió aprovechar la ocasión de sexo gratis con una mujer aún joven y
hermosa aunque algo desquiciada.
Ella, en cierta forma, ya no
espera.
—Sola, nunca más —susurra muy
bajito.
Él, en absolutamente todos ellos, por fin ha
regresado.
Y un buen día, su mente hizo un clic.- Miguel Dorelo…Y mi
musa, desde ya.
— ¡Coño! ¡Que es una idea
genial! —exclamó esa mañana que la encontraba, como tantas otras veces, sentada
en medio de aquella estación de trenes de los suburbios barcelonenses esperando
un improbable regreso de aquél que seguramente no la merecía. Se levantó
presurosa, recogió su bolso, algo ajado y de piel marrón, el abanico que
siempre la acompañaba y esa misma
mañana, presurosa se dirigió hasta las oficinas del periódico principal de la
ciudad.
A la mañana siguiente, muy
temprano, el aviso publicado comenzaba a cumplir su cometido: desde el fondo
del andén, el primer caminante volvía. Se acomodó su vestido de domingo recién
comprado, dar una buena primera impresión era fundamental, intercambiaron un
par de palabras, las suficientes y necesarias; luego partieron juntos sin decir
más nada.
Fue el primero de una larga y
provechosa lista. Al final de cada jornada, Penélope regresa a su recientemente
adquirida morada de dos plantas en barrio Barceloneta, con un amplio jardín en
que se destacan dos bellos y enormes sauces. En menos de seis meses su
clientela se ha incrementado exponencialmente así como su tarifa. Es que nadie
puede resistirse a a formar parte de esta hermosa historia de amor por el
módico precio de 300 euros, incluidos vestuarios adecuados para ambos,
auténtico banco de pino verde y grabación estereofónica del pitido de tren
silbando a lo lejos.
—Eso sí, con los zapatitos de
tacón puestos son 50 euros extras —suele aclararles a sus pretendidos amores regresados.
No hay comentarios:
Publicar un comentario