miércoles, 27 de mayo de 2020

Capítulo 08- Canciones son canciones- Miguel Dorelo


Luego de un período bastante inusual de falta de comunicación, volví a mis habituales intercambios con Gregoria. El retorno tuvo sus bemoles, claro.



— ¿Dónde te habías metido, se puede saber? —Le dije apenas noté que había vuelto y antes de que dijese una palabra. Grueso error de mi parte.
— ¿Te estás refiriendo a mí, pedazo de nabo? —Fue su contundente respuesta. Esas son las cosas de ella que me hacen dudar sobre el nombre de este espacio. A veces pienso que debería haberle puesto “Gregoria, mi musa mal llevada” en lugar de “mi musa insoportable”.
—Me disculpo. Estuve mal. Pero es porque te extraño. —Arrugué de forma poco decorosa.
—Dale. Y no me “metí” en ningún lado; estaba ocupada con mis cosas.
—Las cosas de las musas, claro. ¿Detalles?
— ¿Te dice algo la palabra “privacidad”? ¡Son cosas mías, zopenco!
—No te enojes, gallega. O española, ya te dije que nosotros les decimos gallegos a todos los españoles.
— ¡Y yo ya te dije que no soy ni gallega ni española, pelotudo! ¿Así les dicen ustedes a los gilipollas, no?
— ¡Otra vez! Me estás cargando. Gilipollas es una palabra que usan los españoles. Y zopenco también.
—Soy una musa literaria. Li-te-ra-ria, manejo un vocabulario muy amplio. Me parece que me debería haber tomado un tiempo más largo de ausencia…
—No te enojes. Hagamos las paces. 
—Está bien. ¿Seguimos con lo de ejemplificar en forma de relato las formas de inspiración? Hoy no tengo ganas de que me preguntes cosas sobre nosotras.
—Y bueno…Otra de las formas que suelo usar…
—Solemos usar…Si me a vas a dejar afuera de los créditos como solés hacer, me voy.
—Perdón. Una de las formas de inspiración que solemos usar es la de inspirarse en las letras de canciones que nos gustan. En este caso, escribí...Escribimos, quise decir, una serie sobre la canción de tu compatriota, Joan Manuel Serr…
— ¡Me cansaste! ¡Me voy a la mierda! Compatriota las pelotas.
—Fue un chiste, fue un chiste. Te juro que no lo vuelvo a hacer.
—Es tu última oportunidad.
—Me voy a portar bien. Escribimos una serie basada en la letra de “Penélope” de Joan Manuel Serrat.
—Ya sé. Fui parte.
—Es que me estoy dirigiendo a los lectores, Grego. ¿Te puedo decir “Grego”?
—No. Seguí con lo tuyo.
— En concreto: fueron dos relatos y a continuación copiaré ambos para ejemplificar variantes. El primero más melancólico, serio o triste, como quieran denominarlo. Y el segundo un poco más “humorístico” y algo escéptico sobre el amor. Yo creo que a los lectores les encantará y los pondré en situación de inclinarse por uno o el otro.
—Dale. Pero no te hagas ilusiones: los humanos están en estos momentos con serios problemas como para andar jugando tus jueguitos.

El andén, los hombres y Penélope- Miguel Dorelo…Y Gregoria Benavidez, perdón.


Ella, como todos los días desde hace ya varios años, espera sentada en el banco ubicado en mitad del andén de aquella estación ferroviaria.
Ella, como en todas sus jornadas de no hace tanto tiempo, menea su abanico hasta que ve aparecer a su amado caminando hasta donde se encuentra, luminosas de repente su mirada y su sonrisa. Recoge su bolso de piel marrón y ambos, juntos, el caminante y ella, emprenden el camino que los llevará a la casa, el cuarto y la cama que propiciará el tan ansiado re-encuentro.
Ella, sabe lo que ellos quizás piensan que no sabe… O quizás si; que en realidad desde hace  no sabe bien cuanto tiempo a uno de ellos se le ocurrió aprovechar la ocasión de sexo gratis con una mujer aún joven y hermosa aunque algo desquiciada.
Ella, en cierta forma, ya no espera.
—Sola, nunca más —susurra muy bajito.
 Él, en absolutamente todos ellos, por fin ha regresado.


Y un buen día, su mente hizo un clic.- Miguel Dorelo…Y mi musa, desde ya.

— ¡Coño! ¡Que es una idea genial! —exclamó esa mañana que la encontraba, como tantas otras veces, sentada en medio de aquella estación de trenes de los suburbios barcelonenses esperando un improbable regreso de aquél que seguramente no la merecía. Se levantó presurosa, recogió su bolso, algo ajado y de piel marrón, el abanico que siempre la acompañaba  y esa misma mañana, presurosa se dirigió hasta las oficinas del periódico principal de la ciudad.
A la mañana siguiente, muy temprano, el aviso publicado comenzaba a cumplir su cometido: desde el fondo del andén, el primer caminante volvía. Se acomodó su vestido de domingo recién comprado, dar una buena primera impresión era fundamental, intercambiaron un par de palabras, las suficientes y necesarias; luego partieron juntos sin decir más nada.

Fue el primero de una larga y provechosa lista. Al final de cada jornada, Penélope regresa a su recientemente adquirida morada de dos plantas en barrio Barceloneta, con un amplio jardín en que se destacan dos bellos y enormes sauces. En menos de seis meses su clientela se ha incrementado exponencialmente así como su tarifa. Es que nadie puede resistirse a a formar parte de esta hermosa historia de amor por el módico precio de 300 euros, incluidos vestuarios adecuados para ambos, auténtico banco de pino verde y grabación estereofónica del pitido de tren silbando a lo lejos.
—Eso sí, con los zapatitos de tacón puestos son 50 euros extras —suele aclararles a sus pretendidos amores regresados.

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